El inventario de las sombras: seis especies extinguidas este 2025

16 de enero de 2026Reychango
El inventario de las sombras: seis especies extinguidas este 2025

A veces me pregunto si somos conscientes de que el mundo se está quedando en silencio. No es un silencio de calma, de ese que buscas un domingo por la mañana para leer un libro, sino un silencio irreversible. Un vacío que se va instalando en los rincones del planeta mientras nosotros seguimos scrolleando en la pantalla, preocupados por si la batería del móvil llega al final del día. Es verdad que la muerte es parte de la vida, pero lo que me vuela la cabeza es la velocidad con la que estamos tachando nombres de la lista de los vivos.

Seis especies animales. Parece un número pequeño, casi insignificante. Podrían ser seis personas en una fila del súper, o seis granos de arroz en un plato. Pero en este cierre de ciclo que nos deja el 2025, ese seis representa universos enteros que se han apagado para siempre. No son solo conceptos abstractos; son historias evolutivas de millones de años que se detuvieron en seco. A ver, el punto real aquí es que no estamos ante un ciclo natural, sino ante un borrado sistemático.

La coreografía del adiós (con nombres y apellidos)

Lo que me deja pensando es cómo nos enteramos de estas cosas. Casi siempre es tarde. La ciencia, con su rigor y sus tiempos lentos, confirma la ausencia cuando ya no hay nada que hacer. Es como recibir una carta de un viejo amigo solo para descubrir que el remitente ya no existe.

El caso del Zarapito fino (Numenius tenuirostris) es el que más me rompe el corazón. Me imagino a esa ave cruzando continentes, desafiando tormentas desde Siberia hasta Marruecos, siguiendo una ruta marcada en su ADN. Y de repente, el cielo se queda esperando un aleteo que no llegará jamás. Es la primera extinción de un ave confirmada en el continente europeo y el norte de África en tiempos modernos. Una soledad global que se siente en los huesos.

Pero no ha sido el único. La lista es un obituario de la diversidad:

  • La Musaraña de la Isla Christmas: un mamífero minúsculo que sobrevivió a milenios de aislamiento solo para sucumbir ante parásitos traídos por nosotros.
  • El Marl y los Bandicuts rayados: tres especies de marsupiales australianos que corrían por las llanuras y que ahora solo existen en los libros de texto.
  • El Conus lugubris: un pequeño caracol marino de Cabo Verde que perdió su hogar por culpa de la construcción desmedida en las costas.

Incluso el reino vegetal ha entregado sus bajas, como la Diospyros angulata en Mauricio. Es verdad que nos cuesta empatizar con un caracol o un arbusto, pero ahí es donde reside la verdadera tragedia. Esas piezas sostienen todo lo demás.

El ritmo frenético de la nada

A veces me detengo a pensar en la escala del tiempo. La Tierra tiene sus ritmos, sus pausas. Ha habido extinciones masivas antes, sí, pero lo de ahora es distinto. Es humano. Lo que me vuela la cabeza es que estamos comprimiendo procesos geológicos de milenios en apenas un suspiro de nuestra historia. La velocidad es tan alarmante que ni siquiera nos da tiempo a sentir el luto.

Me pregunto si nos hemos vuelto inmunes a los datos. Nos dicen que la pérdida de biodiversidad es mil veces superior a la tasa natural y asentimos con la cabeza como quien oye llover. Pero, ¿qué significa eso en el día a día? Significa que el tejido que sostiene nuestra propia existencia se está deshilachando. No es solo que el mundo sea menos bonito porque falte un pájaro; es que estamos rompiendo el equilibrio de un sistema que no sabemos reparar. Somos como niños jugando con un reloj de precisión: quitamos piezas porque parecen pequeñas y no vemos que el mecanismo se está parando.

El peso de lo invisible y el veredicto final

Hay algo profundamente triste en la extinción de las especies pequeñas. Los grandes mamíferos tienen carisma, pero ¿quién llora por un caracol marino? Y sin embargo, lo que me mata es la sensación de que estamos viviendo en una película donde el monstruo no viene de fuera, sino que es nuestra propia forma de habitar el mundo. Hemos normalizado el vacío. Caminamos por el campo y vemos menos mariposas, escuchamos menos pájaros, y simplemente pensamos que es "el progreso". Pero el progreso no debería oler a ceniza.

Al final, este periodo quedará marcado como el momento en que confirmamos que no estamos frenando, sino acelerando hacia el precipicio. La ciencia ha sido clara y el veredicto es implacable. No es una advertencia para el futuro; es la crónica de un presente que se nos escapa entre los dedos.

Me niego a aceptar que el silencio sea nuestro único destino, pero para cambiar la banda sonora, primero tenemos que admitir que estamos rompiendo todos los instrumentos. Y el tiempo, ese juez que no entiende de excusas, sigue corriendo a una velocidad que, francamente, me quita el aliento.

¿Te gustaría que analizáramos más a fondo las causas detrás de la desaparición de alguna de estas especies o qué zonas del planeta están ahora mismo bajo mayor riesgo?

¿Te ha gustado este desvarío?

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